Todos los días miles de españoles cierran la puerta de casa para salir a la calle y antes de girar la llave ya tienen puestos los auriculares. Nos gusta la música. Y además somos ruidosos. Los estudios señalan que España es uno de los países con mayor volumen de ruido de toda la Unión Europea, motivo por el cual muchas personas deciden aislarse del exterior usando auriculares. ¿Pero es una idea adecuada? Todo tiene un momento y un lugar.

Así como mucha gente vive prendada a unos cascos, no todos los diseños son iguales. Y en algunos casos hasta pueden ser poco recomendables. Cada momento y situación exige un tipo de escucha distinto, tanto para disfrutar del mejor sonido como para proteger nuestros oídos. Porque tenemos dos, pero nos tienen que durar toda una vida.

¿Cuántos decibelios tiene un susurro? ¿Y un avión despegando?

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El sonido puede describirse como una serie de ondas de presión en el aire que hace vibrar nuestro tímpano, que a su vez mueve la cadena de huesecillos y estimula la cóclea para que nuestro cerebro interprete lo que nosotros identificamos como ruido. En esencia, no dejan de ser un movimiento casi imperceptible en el aire que logra estimular nuestro oído interno. La intensidad de estas ondas se mide en una unidad que todos hemos oído pero no todo el mundo comprende: el decibelio.

Este gran problema de comprensión deriva de que el decibelio no es una unidad lineal, sino logarítmica. Y además es relativa. ¿Qué significa esto? Pues que la progresión es muy pronunciada. Para explicarlo más claramente, el gentío de una calle abarrotada se mueve en torno a los 60 decibelios, mientras que un motor de avión alcanza los 120. En números la diferencia “solo” es el doble, pero no cabe duda de que el ruido de un avión en marcha es varias órdenes de magnitud más molesto (y peligroso).

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Asimismo, los “cero” decibelios son difíciles de calcular con precisión. Cuando hablamos de auriculares y altavoces se suele definir como el umbral de audición, que lógicamente varía en función de la agudeza de oído que tenga cada uno. Por ese motivo científicos e ingenieros utilizan una presión de 20 micropascales, que es una unidad mucho más fácil de utilizar en sus cálculos.

Repasados estos conocimientos básicos de física, hemos de ser conscientes del ruido que nos rodea. El mero hecho de respirar supone un ruido de 10 decibelios, mientras que un susurro como los de una biblioteca son unos 20 decibelios. Una conversación normal sería de 40 decibelios, o incluso de 50-60 decibelios si resulta particularmente animada. El tráfico rodado, uno de los grandes contaminantes acústicos de nuestras ciudades, genera 90 decibelios, mientras que los atronadores martillos neumáticos emiten unos 100 decibelios y requieren protección auditiva. Un rugiente avión despegando alcanza los 130 decibelios, que es prácticamente el ruido más elevado que jamás experimentará una persona normal.

A partir de los 140 decibelios comienza lo que se considera el umbral del dolor. Pero nuestros oídos pueden sufrir gravemente mucho antes de llegar a ese límite, por lo que debemos ser conscientes de cómo escuchamos nuestra música.

¿Cómo puede afectar un volumen excesivo a nuestro oído?

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Puesto que el sonido es una onda de presión que se transmite en el aire, los auriculares pueden suponer un peligro importante para nuestros oídos. Literalmente están enviando dichas ondas hacia nuestros tímpanos, sin apenas atenuación ni un control efectivo sobre sus límites. Según un estudio encargado en 2008 por la Unión Europea para analizar este tipo de riesgos, hasta 10 millones de personas, entre el 5% y el 10% de los ciudadanos europeos que escuchan música con auriculares, se arriesgan a sufrir pérdida de audición permanente.

En contra de lo que creen algunas personas, la pérdida auditiva no se produce porque se dañe el tímpano, sino una parte aún más interior de nuestro oído. Dentro de la cóclea o caracol existe algo llamado células ciliadas, que se mueven al ritmo de las ondas de sonido. Estas células sensoriales pueden morir si son sujetas a un esfuerzo continuado y en el caso de los humanos no vuelven a regenerarse. Por eso se dice que la pérdida de audición es permanente.

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El problema es que muchos dispositivos, incluyendo reproductores MP3 y todo tipo de auriculares, pueden superar ampliamente niveles nocivos de sonido. Una exposición continuada a una presión acústica de más de 85 decibelios puede ser dañina para nuestros oídos, por lo que la Unión Europea decretó en 2013 que todos los dispositivos que puedan emitir más de 85 decibelios deben incorporar algún tipo de advertencia. Francia, por su parte, instauró un límite duro de 100 decibelios que es seguido básicamente en toda la Unión por comodidad.

Además de arriesgarnos a sufrir una pérdida permanente de audición, un volumen excesivo y continuo puede resultar en tinnitus o acúfenos, una dolencia caracterizada por la aparición de silbidos y zumbidos sumamente molestos. Esta afección puede ser temporal o crónica, en cuyo caso suele venir acompañada por dolores de cabeza potencialmente muy graves. Además, el tinnitus también restringe la capacidad para escuchar adecuadamente nuestro entorno.

Para protegernos contra este tipo de problemas debemos utilizar siempre un volumen prudente en la reproducción de música. Y utilizar dentro de lo posible dispositivos de audición que no resulten especialmente penetrantes, como por ejemplo auriculares de copa o abiertos (generalmente de diadema) en lugar de intraauriculares (los clásicos auriculares de botón). El problema es que los auriculares externos pueden dar mucho calor y resultan muy aparatosos.

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Otra opción es utilizar la tecnología de transmisión ósea. Explorada inicialmente en sistemas de comunicación militares y disponible comercialmente en dispositivos como las gafas Luppo, este sistema no sobrecarga elementos como el tímpano o la cadena de huesecillos y estimula el oído interno de forma mucho menos agresiva, puesto que en lugar de “disparar” ondas acústicas a través del conducto auditivo hace vibrar los huesos del cráneo.

La tecnología de transmisión ósea no solo protege el oído interno utilizando un método menos intrusivo y un volumen relativamente inferior, sino que despeja totalmente las orejas. De esta forma es posible escuchar música o recibir una llamada mientras mantenemos una conversación, puesto que nuestros oídos no están tapados y pueden seguir registrando el sonido de nuestro entorno. Es lo más parecido a tener unos altavoces que solo podemos escuchar nosotros.

Un tipo de escucha para cada situación

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Idealmente hablando, utilizaríamos altavoces externos para todo tipo de contenidos. Ciertamente son los más adecuados para disfrutar de películas y música en casa, pero es obvio que en ocasiones podemos querer más privacidad. En ese caso unos buenos auriculares pueden ser una solución adecuada, como han descubierto por ejemplo incontables jugadores de consola y PC, que disfrutan así de una mayor inmersión y bajos más potentes sin molestar a nadie. Eso sí, hay que seguir teniendo cuidado con el volumen.

La mayor ventaja que ofrecen los auriculares su capacidad para aislarnos del exterior. Puesto que las copas de unos auriculares de diadema y las gomas de los de botón cierran completamente el canal auditivo, es difícil que los sonidos del exterior lleguen al tímpano. Por este motivo son especialmente útiles en el transporte público o cuando viajamos en el avión, puesto que pueden bloquear el ruido de los motores y conversaciones ajenas en las que no tenemos particular interés.

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Por contra, además de presentar los mencionados problemas relacionados con la sobreestimulación del oído, hay ocasiones en las que podemos querer estar atentos a nuestro alrededor. Por ejemplo, para evitar atropellar a alguien mientras hacemos deporte, que es no es un riesgo que debamos pasar por alto cuando vamos totalmente ensimismados. Sí, mucha gente se motiva más si solo escucha su lista de reproducción para entrenar, pero hay que mantener siempre una cierta percepción espacial para evitar accidentes. Porque nos ejercitamos para mejorar nuestra salud, no para perjudicarla.

Las gafas de transmisión ósea Luppo, por su parte, combinan unas lentes polarizadas como las de unas gafas de sol convencionales con discretos motores de vibración que permiten escuchar música mientras mantenemos total constancia de lo que sucede en nuestras inmediaciones. El canal auditivo está abierto en todo momento, así que podemos escuchar el tráfico y las voces de las personas en las proximidades para evitar golpes. La conectividad Bluetooth, por último, evita los habituales enredos de los cables.

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La tecnología de transmisión ósea brinda pues la privacidad de los auriculares sin los problemas de pérdida de percepción habituales y protegiendo la salud de nuestros oídos, puesto que envían el sonido a través del cráneo de forma mucho más segura. Por estos atributos resultan especialmente interesantes para deportistas, pero también para cualquier persona que no quiera tener que estar pendiente de llevar unos auriculares en el bolsillo o simplemente quiera ser más consciente de su entorno.

Gafas de transmisión ósea Luppo en El Corte Inglés

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Dotadas con Bluetooth 4.0 para conectarse a cualquier teléfono móvil, las gafas de transmisión ósea Luppo reproducen sonido de elevada nitidez sin auriculares ni bloquear nuestros oídos. Incorporan una superficie táctil en las varillas para controlar la reproducción musical y la recepción de llamadas, mientras que la carga se ejecuta usando un conector microUSB.

De diseño clásico, tienen siete juegos de lentes polarizadas opcionales UV400 (gris cromo, dorado, morado, verde, azul, naranja y rojo) disponibles online por 19,99 € para combinarlas a la perfección con tu estilo personal. Su precio es de 99,99 euros.

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Imágenes | Luppo, Stock, Wikipedia

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