Elección de la cámara

Si nos atrae la fotografía en entornos de poca iluminación, o para aquellas aves nocturnas que gusten de inmortalizar momentos a altas horas de la madrugada, la elección de la cámara fotográfica es vital, y se ha de ajustar necesariamente a las siguientes características:

–Ha de disponer de una velocidad lenta en su obturador, para que la escasa luz pueda llegar al sensor de forma ininterrumpida durante, al menos, treinta segundos, un tiempo muy largo si tenemos en cuenta que la mayor parte de las instantáneas diurnas necesitas un tiempo que varía entre una centésima y una milésima de segundo.

–Un mando a distancia o al menos, la posibilidad de retardar el disparo de dos a cinco segundos. Esto es debido a que un leve roce en el disparador, o el movimiento de nuestra respiración puede emborronar la instantánea, como veremos más adelante.

–Posibilidad de acoplar un trípode. Para estar seguro de ello, debemos observar en la parte inferior un paso de tuerca estándar, al que podremos atornillar cualquier punto de fijación o trípode.

Entornos con visibilidad media

Este tipo de fotografías engloba desde las puestas de sol hasta los interiores con iluminación artificial, son por tanto un amplio abanico de situaciones muy habituales a la hora de inmortalizar cualquier evento.

La casi totalidad de cámaras fotográficas del mercado han sido diseñadas para una utilización a plena luz del día y en condiciones óptimas de iluminación, y aunque en la pantalla LCD de nuestro dispositivo no advirtamos ciertos detalles, cualquier fotografía tomada en interiores adolecerá de un mayor o menor grado de aberración en el color y una disminución del contraste.

Es de destacar, que los habituales ajustes automáticos con los que viene equipada nuestra cámara, no responderán de manera eficaz a las condiciones lumínicas, ya la incidencia de la luz o su calidad no pueden ser captados por la cámara para elegir el mejor modo de exposición.

La primera medida será conseguir una profundidad de campo adecuada, ajustando la apertura  de la lente hasta f/11, y disminuir la velocidad del obturador hasta el punto que nos permita nuestro propio pulso, y en caso necesario usar un trípode.

Aunque a simple vista no necesitemos ninguna otra fuente de luz para poder ver los objetos con nitidez, puede ser necesario el uso de iluminación adicional, ya sea para contrarrestar una fuente de luz que provenga de uno de nuestros lados, mitigar reflejos o sencillamente rellenar rincones oscuros de la estancia. Por último, recordar que es necesario elegir muy bien el balance de blancos según el tipo de iluminación con que cuente la estancia, siendo casi de obligado cumplimiento en casos de fluorescentes o bombillas de luz fría.

Desenfoque y Bokeh

Bokeh es un palabro japonés que significa “desenfoque”, y sirve precisamente para que la mirada del observador de la fotografía se centre en el objeto desenfocado, dotándole de gran atracción y viveza.

Aunque suele usarse con objetivos luminoso, apurando el zoom al máximo y ampliando la apertura, las luces de cualquier ciudad pueden retratarse de una manera imaginativa si se consigue un bokeh colorido, al estilo de las postales nocturnas de ciudades como Nueva York. En otras palabras, este efecto es parecido a ver unas luces en medio de la oscuridad, mientras entornamos los ojos o fijamos la mirada en el infinito.

Para conseguir un bokeh o desenfoque artístico con un mínimo de calidad, los objetos luminosos han de destacar suficientemente en un fondo oscuro, sin otras luces próximas que distraigan la atención del espectador.  Hemos de evitar tomar la instantánea disparando directamente a esas fuentes de luz, siendo preferible abordarlas desde un lateral o de una posición retrasada.

Bien es cierto que el desenfoque puede conseguirse de manera digital utilizando editores de imágenes, pero nunca llegará a la naturalidad ofrecida por el zoom o la apertura de la lente.

Fotografías con larga exposición

Todos hemos tenido ocasión de ver imágenes o videos de una autopista donde las luces blancas y rojas de los faros delanteros y traseros de los vehículos forman una estela casi continua que asemeja a una larga línea luminosa.

Este efecto es relativamente fácil de obtener, al menos de manera amateur, y esta basado en la velocidad del obturador de nuestra cámara. Para conseguirlo se ha de dejar abierto cierto tiempo el obturador, para que la luz llegue de forma continua y más o menos prolongada hasta la película o sensor de nuestra cámara. Unos cuantos segundos bastan para que las luces de los coches en movimiento queden impresionadas, formando una estela.

La ausencia de movimientos o vibración alguna en el sensor es extremadamente importante a la hora de tomar este tipo de fotos, ya que el más mínimo movimiento arruinará el efecto. El trípode es de uso obligado, y en caso de no disponer de este útil complemento, siempre nos quedará una roca, pared o saliente en el que podamos apoyar la cámara.

Acto seguido, seleccionaremos el ajuste manual o el modo en el que se da prioridad a la velocidad. Siempre será mejor el modo manual ya que tendremos control total sobre la apertura del diafragma.

Seleccionaremos ahora la velocidad de obturación, que en la mayoría de los casos serán entre cinco y diez segundos. Acto seguido marcaremos un pequeño retardo en el disparador, si es que disponemos de esta opción, o utilizaremos un control remoto para la toma de la fotografía. Esto es importante ya que el más mínimo temblor que transmitamos al dispositivo en el momento de apretar el disparador, podaría arruinar la toma.

Finalmente, solo queda realizar varias pruebas para obtener la velocidad adecuada a las condiciones lumínicas del entorno, y escoger aquella instantánea que se asemeje al resultado buscado.

Consideraciones finales

El ensayo y error se ha convertido en el mejor maestro para una gran parte de los aficionados y autodidactas de la fotografía, ya que la gran ventaja de las cámaras digitales es la obtención de los resultados en el mismo instante de apretar el disparador. Ello facilita en gran medida, si somos buenos observadores, captar los errores de iluminación, profundidad de campo, etc… para poder remediarlos mediante la modificación de la velocidad, equilibrio del color, y ver el efecto obtenido por el cambio de manera inmediata. Los antiguos indicadores de exposición, felizmente han pasado a mejor vida, relegados a la fotografía profesional o máquinas analógicas.

El ojo humano es bastante precario en la visión nocturna, ya que el espectro de colores se reduce sensiblemente, fallándonos la definición en objetos y la profundidad de campo. Esto es subsanado por el cerebro, que interpreta los resultados maquillando las carencias. Dicho esto,  hemos de tener muy en cuenta que aún en la oscuridad de noche cerrada, hay suficiente luz para obtener una foto de calidad, y tan solo dependerá del tiempo que demos al obturador para que deje pasar los rayos de luz. Si a esto unimos una mayor apertura de diafragma, es fácil que las instantáneas resulten sobreexpuestas. La regla de cerrar un poco el diafragma en estos casos, evitará el indeseado efecto, y la búsqueda del equilibrio entre velocidad y apertura, será la clave para conseguir buenos resultados.


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