La mayor parte de los usuarios no tienen aún conocimiento de la reciente llegada de la octava versión del navegador Explorer, y núcleo del sistema operativo de Microsoft, pero el reducido margen de usuarios que ya le ha dado una oportunidad parece arrepentirse por momentos.

Como siempre, los problemas vienen de la necesidad de recursos del mismo, que parece ostentar la nada despreciable cifra de hasta 4GB virtuales, algo realmente exagerado a pesar de las capacidades de cientos de gigas que se manejan actualmente.

Por otro lado, la carga de páginas no goza de la soltura prometida y aún no es integrable plenamente con la totalidad de tecnologías actuales, parece que se han olvidado levemente de la retrocompatibilidad universal en esta ocasión los de Redmond.

En un mercado donde Microsoft se impone, por mayoría absoluta, con un 67% del mercado, seguido por Firefox y su 22%, resulta una kimera que con esta nueva entrega de Explorer Microsoft recupere el 90% que hace no tanto tiempo le pertenecía.

Las estadísticas iniciales dan un poco de pavor, en un principio Explorer 8 fue descargado y usado por un 2’59% de los navegantes mundiales, mientras que en los días posteriores la tasa se redujo al 1’85%, volviendo a la versión anterior del navegador. Estadísticas obtenidas por la afamada InformationWeek y sus estudios de mercado.

Cifras que dan que pensar en los momentos de este software y en vísperas de su bautizo de la mano de Windows 7. Microsoft parece recibir ultimamente varapalos en todos los campos, en los móviles con la decadencia de Windows Mobile, en los ordenadores con Windows Vista, en sus reproductores con Zune y en los navegadores con Explorer.

Parecen apostarlo todo a la carta de Windows 7, cuya beta está enamorando a millones de usuarios, que prefieren un sistema operativo beta a uno “estable” como Vista. Es cierto que parecen no atinar con la tecla los chicos de Bill Gates en estos últimos años, justo cuando los restantes competidores comienza a afinar y a comerle cuota.

Es para reflexionar como un imperio como el que se construyó entorno a Microsoft se está viendo atacado por una marabunta de competidores en sectores que le pertenecían con porcentajes superiores al 90%. Es como si el castillo de naipes que construyó con maestría Bill Gates se estuviese desmoronando en conjunción con su leve separación del negocio que fundó. Una vez más la realidad demuestra que no hay imperio que dure eternamente, todos son susceptibles de ser derrocados.