Envueltos en la vorágine de la alta definición, a veces compensa invertir un poco menos en deleite visual y compartir esa inversión en un buen sistema de sonido 5.1. Todos conocemos el sentido de los 5 altavoces satélites para los sonidos frontales, traseros y laterales. La función del subwoofer es concentrarse en ese rango de frecuencias de sonido para el que no están preparados esos pequeños altavoces satélite. Las frecuencias bajas que hacen retumbar y vibrar el propio altavoz es la misión del subwoofer, de hecho algunas frecuencias ni son audibles para el oído humano pero el subwoofer las emite.

Los equipos de sonido de menor coste incluyen de serie altavoces pasivos, aquellos que no usan amplificador interno sino que simplemente reproducen el sonido de baja frecuencia que les llega desde la etapa de potencia externa que suele ir integrada en un DVD para el usuario medio, y de forma independiente para los profesionales. Estos subwoofers dan un resultado pobre pero aportan ese sonido vibrante que todos deseamos escuchar como si del cine se tratase, sonido vibrante que no nítido.

Los subwoofers activos, por contra, incorporan amplificadores de sonido para esos bajos, haciendo que el sonido sea mucho más nítido y potente en términos de decibelios y relación señal ruido. Sensiblemente más caros, un subwoofer activo puede costar perfectamente el doble que un equipo 5.1 completo con subwoofer pasivo, pero que si se puede permitir es una delicia para los oídos más exquisitos.

En conclusión, por economía se elige un subwoofer pasivo y por calidad se elige uno activo. El poder económico decide. Con los dos se disfruta.