Fijar toda la atención en el sujeto: En ocasiones los elementos del entorno pueden ser una distracción a la hora de observar un retrato, así que cuidemos que no aparezcan ramas de árbol, o cualquier objeto, que tome demasiado protagonismo en nuestra composición. Si en determinadas circunstancias no se puede eliminar del encuadre, pues podemos integrar a nuestro retratado en él, pero siempre dándole el mayor énfasis y tan sólo añadamos objetos o fondos que agreguen interés visual. O también nos puede servir para añadir información sobre el propio sujeto.

Cuidar el fondo: Es algo muy básico, pero que hay que estudiarlo bien. En ocasiones no encontramos un fondo neutro para lograr un retrato detallado, por lo que debemos usar entonces una apertura de diafragma grande para lograr un desenfoque adecuado. Aún así, no está mal hacer varias tomas, con ángulos distintos para comprobar qué fondo (más o menos desenfocado) se adecua más.

Probar con distintos ángulos: Como acabamos de comentar, en ocasiones con simplemente mover la cámara a una posición más alta o más baja nos puede ayudar mucho para mejorar el tema. Cuidando la perspectiva, desplazándonos ligeramente y haciendo que nuestro retratado gire el cuello ligeramente podemos lograr mejores resultados y eliminar elementos del fondo que pueden distraer.

Llenar el encuadre: Es más habitual en los principiantes tomar retratos de cuerpo entero, pero hay que probar a aproximarse y llenar el cuadro con el rostro de nuestro retratado. Es algo a lo que hay perderle el miedo, porque a veces un gran primer plano, con una mirada profunda o una bonita sonrisa puede resultar un magnífico retrato.

Mantener los ojos en el tercio superior del encuadre (o no): Es una norma habitual, una regla heredada de la pintura, que simplemente sirve para lograr retratos más naturales. Pero, como siempre insistimos, también podemos saltarnos las normas y experimentar. Se pueden conseguir retratos más originales y llamativos si hacemos una excepción a esto.


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